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¿Realmente queremos cambiar?




¿Realmente queremos cambiar? ¿No es más cómodo como está? Sin tener que arriesgar nuestra comodidad para hacer algo nuevo, crear algo nuevo, ser algo nuevo.


¿No es mejor dejar lo que me niego a aceptar en las catacumbas para no visitar el dolor no tratado?


¿Acaso no es más cómodo mirar para otro lado y pretender que los momentos en que nos hicimos daño en el pasado nunca existieron y también negar que se reviven con la periodicidad de quien recuerda algo que quiere olvidar?


¿De verdad queremos cambiar y arriesgar toda esta familiaridad adquirida de caminar con un dolor manejable, maquillable, "cubrible"?


Porque el cambio requiere atravesar la noche oscura del Alma y ver salir el sol del otro lado de la montaña.


Requiere mirar lo que incomoda, lo que se amortigua. Se proyecta sobre el otro en forma de acusación y de herida.


Cambiar nos exige destruir el pedestal que hemos creado y en el que hemos puesto a otras personas para hacerlas responsables de las decisiones en nuestras vidas. De la forma en que nos sentimos y de los resultados que obtenemos.


¿Realmente queremos cambiar?


Es fácil responder a esta pregunta, basta con mirar nuestras acciones para saber la respuesta. Nuestras acciones son el resultado de lo que pensamos y sentimos.


Si quiero cambiar, invierto en el cambio.


Cuando deseo cambiar y asumo que no puedo hacerlo solo, busco apoyo.


Para poder cambiar, leo, lloro, me abro al otro, a lo nuevo, busco a quien me enseñe a curar mi mente, mis creencias, el corazón, el Alma. Me abro a la fe.


Cuando emprendo el camino del cambio, me sumerjo en la transformación con otras personas que quieren lo mismo.


Hago terapia, viajo, camino por el bosque, le canto a la luna, contrato un entrenador, me inscribo en un nuevo entrenamiento, medito, abrazo, planto, rezo, prendo fuego, escucho al otro en su cambio, me comunico con mi hijo.


Pago el precio de aprender este nuevo baile.


Aparezco a la hora señalada en el encuentro con mi destino, con el rostro limpio, la ropa sudada, el alma desgarrada, la piel arrugada, la vida entregada, en manos de lo Divino.


Ya no pospongo más la vida que corre por mis venas, voy contra las manadas, me tiro salvaje en un escenario, en un río, en un retiro.


Porque cuando queremos cambiar, nos alineamos con lo que nos trajo aquí. Quién sabe, nuestro destino es tan sagrado, que merece ser vivido en vivo.


Cambio. Movimiento. Ven.


Shirayam

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